Otra brújula

Hay un momento, cuando caminamos por un bosque, en que dejamos de saber dónde estamos. Al principio intentamos encontrar el sendero. Buscamos señales conocidas. Confiamos en la memoria. Después llega algo más difícil: descubrimos que el mapa que llevábamos era el problema. No estaba incompleto. Había dejado de corresponder al territorio que habitamos. Quizá eso nos esté ocurriendo.
Seguimos hablando de desarrollo, crecimiento y progreso como si esas palabras todavía señalaran un horizonte. Pero el paisaje ha cambiado. Los ríos desaparecen o se encogen. Los bosques retroceden. Los suelos se agotan. Los territorios se secan. La biodiversidad se desvanece mientras la disputa por el agua, el litio, las tierras raras y otros minerales abre nuevas geografías de guerra y sacrificio.
No estamos frente a una crisis socio-ambiental donde si arreglamos algunas partes todo continúa fluyendo. Estamos frente al final de un mapa. Y cuando un mapa deja de servir, no hay brújula capaz de devolvernos al lugar del que partimos ni al que queremos transitar. Sin embargo, insistimos.
Nos dicen que la tecnología resolverá aquello que una cultura política ya no puede imaginar. Que sacrificar territorios es el precio inevitable del bienestar. Que quienes defienden la trama de la vida son ingenuos porque todavía creen que un río vale más que una mina, un bosque más que una rentabilidad, una comunidad más que un balance financiero.
Tal vez la verdadera ingenuidad consista en creer que existe un camino de regreso. No lo hay.
El decrecimiento de los bienes naturales comenzó hace décadas, solo que no era tan evidente para todos: los incendios no devastaban miles de hectáreas en diferentes países a la vez, los calores extremos no mataban miles de personas, la seca de la tierra no exigía millones de fertilizantes adicionales que contaminan los alimentos, ni las perforaciones sísmicas alteraban el ecosistema marino de toda una región.
La pregunta entonces es cómo habitar el mundo que emerge. Por eso nombrar el ecocidio importa y mucho. No porque las palabras reparen lo perdido, sino porque permiten dejar de caminar en la dirección equivocada. Nombrar es orientarse. Es recuperar la posibilidad de distinguir entre aquellos que sostienen la vida y aquellos que la consumen.
América Latina conoce esta encrucijada como pocas regiones. Custodia algunos de los territorios más biodiversos del planeta mientras soporta economías que convierten esa abundancia en pobreza, violencia y desposesión territorial. El extractivismo no sólo vacía montañas, océanos, tierras, salares y comunidades. También vacía el lenguaje. Hace que a la devastación algunos la llamen progreso y que al sacrificio le digan desarrollo.
Necesitamos otra brújula. Una hecha de democracia participativa, derechos de la naturaleza e inteligencia colectiva. Una brújula que no nos diga cómo dominar el territorio, sino cómo pertenecer a él. Y quizá por eso las mujeres organizadas están abriendo muchos de los caminos más fértiles de nuestro tiempo. No porque sean las salvadoras, sino porque, desde hace décadas, sostienen redes de cuidado, defienden el agua, organizan comunidades y construyen poder allí donde otros solo ven recursos para extraer y dominar. Han aprendido algo que la política apenas empieza a recordar: que la trama de la vida no se sostiene desde la conquista, sino desde la interdependencia. Porque la esperanza de las mujeres es pensamiento crítico y no ingenuidad. Una visión lo suficientemente amplia como para permitir que la esperanza y el dolor coexistan. Porque tal vez la esperanza nunca fue una forma de optimismo. Tal vez siempre fue una forma de orientación. El coraje no consiste en fingir que sabemos hacia dónde vamos. Consiste en aceptar que estamos atravesando un territorio desconocido y complejo sin confundir el extravío con la derrota. No sabemos el camino, pero precisamente por eso todavía existe la posibilidad de inventarlo colectivamente.
Tenemos esperanza porque tenemos memoria e historia. Y porque solo quienes aceptamos perder el mapa podemos empezar a imaginar otro. Y quizás ese sea, hoy, el acto político más radical que tenemos por delante.




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